Cerrar podrá mis ojos la postrera
 sombra que me llevare el blanco día
y podrá desatar esta alma mía
hora su afán ansioso e lisonjera
mas no de esotra parte en la ribera
dejará memoria en donde ardía

   (Quevedo)                                                                   






¡Mira qué bonita era!
Es el título de este enorme cuadro que el pintor cordobés Julio Romero de Torres pintó siendo casi un niño. Es todo él una historia desgarradora expresada con increíble sensibilidad, desde el título hasta el último toque de color.









Cuando el reflejo del mojado cristal es lo único que llama la atención de tu tristeza, da un paso atrás y podrás contemplar el rostro más querido para alguien que aún no has conocido.
Un paso atrás, una ráfaga de luz, un destello que no cesa, un vestigio de alba en la noche negra..





Hace poco alguien me habló del tigre de Otaré, yo no lo conocía pero justo entonces sus ojos me miraron y me contaron su historia fría , audaz, perdida y olvidada entre las montañas de Santander.
Ya no recuerdo su cuento entre leyenda campestre y fábula preñada de conocimiento, no lo necesito cuando miro el fondo oscuro de sus ojos bellos que hablan verdades salvajes entre sombras templadas.



Perdida como la historia del tigre vi mi sombra arrastrarse sobre las piedras doradas de Jerusalén, la ciudad más brillante que jamás hubo y más triste que nunca habrá.
Busqué la paz entre sus arcos, busqué el amor y también el entendimiento, pero ninguno de ellos pude encontrar, sólo el negro agujero que su falta deja.




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