Dos reinos y un cofre III







La oscuridad se había hecho y el reino ardía..Los nobles preparaban la coronación de su reina niña sin preguntar, obedeciendo el rito ancestral de sucesiones. Todo se desmoronaba rápida y suavemente como sus lágrimas suicidas...El amor encontrado y perdido, el odio recién hallado, el padre muerto y abandonado...El todo, la nada, la luz, el espanto...Y sus ojos dibujaron perdida la mirada en un punto fijo, allí donde se encontraban sus pensamientos espirales que caían sin remedio en el negro y profundo olvido sin fin más desconocido... 
Las damas camareras la vestían para el acto, la trataban con el cariño antes apreciado y ahora tan extraño...El cofre maldito sobre la cama, abandonado como desperdicio desconocido, como cadáver no sepultado...


La mente volaba bajo, y las palabras amantes regresaron, las palabras del hermoso maldito, del asesino, del santo...

-"Tus suspiros de amor y los míos, estos puros por nada manchados, guardemos por siempre nuestra la fuerza impoluta que tú y yo sabemos podría manar entre tu mundo y el mío"

Aquellas palabras que entonces fueron escuchadas de sus labios amados, hoy son rescatadas y repetidas por los de ella a dueto imperfecto y desacompasado...

Tomó indecisa y desobediente el cofre, se sentó obligando a parar en seco su trabajo a las camareras que en silencio aguardaron con las manos entrelazadas pacientemente, y lo abrió entre consciente y soñando...Era hermosa e inquietante aquella caja...labrada en plata vieja, muy vieja y ajada. Con la punta de sus dedos indecisos abrió la tapa y una mariposa en su interior parecía muerta, tanto como su padre hace nueve días lo había estado, la rozó suavemente y alzó el vuelo revoloteando. Las camareras se alegraron y rieron, llamando artificiales la perdida atención de la joven sobre la festejada hermosura del animalillo alado, ella no las escuchaba, escuchaba la inaudible canción de la mariposa que moría cantando...

-Hubo dos reinos que unidos
 un cofre forjaron,
 uno de plata y suspiros, 
otro de profundidades,
 fuego y fango.

 El uno de besos al aire
 y de amor blanco...
El otro de acero ardiente, 
de súplicas y llantos...

Un amor, 
dos enamorados encontraron,
 la una 
entregó sus manos puras, 
el otro 
las suyas ensangrentadas 
 y tres dones ocultos
 frente a tus ojos claros...

 Uno
 salió volando,
 otro 
leyendo los sones del alba,
y el tercero 
aún no lo has forjado... 




La fantástica criatura cayó muerta junto al alféizar de la ventana, junto con el breve vuelo de sus alas, el breve vuelo de su esencia. No era animal sino humana criatura hechizada, suave engaño, inquietante regalo, profundo acertijo que el cuerpo y el alma hiela...

Extrañas ilusiones regresaron entonces por un instante a su corazón torturado ¿Quién era él?¿quién que tales artes oscuras le regalaba...? Quizá su enemigo asesino, quizá el hijo del Diablo mismo, aquel que llevaba sangre humana en sus venas y a quien su propio padre apartó por no ser digno.. Astúico...!! Aquel de quien dicen las canciones de las doncellas hubo de ganarse el perdón del Daemonium, obtener en soledad la maestría en las artes negras, el respeto y la obediencia de su pueblo tras años de abandono en los Acantilados del Dolor, trepando noche tras noche al Árbol del Silencio, de cuyas ramas cuajadas de ponzoñosas espinas manan las estrellas puras, que levantan su  eterno vuelo flotante en la aterciopelada bóveda nocturna y queda... 



El alma de la joven reina había sido secuestrada, un Reino inmenso se postraba a sus pies, agonizante como perro maltratado sin motivo, por un mal superior surgido de las profundidades en busca de sangre, poder y supremacía, en busca del Acabóse mismo...

Munitionem, Víribus Iram, Corege y Ávidus, los cuatro generales fieles a Tarso, caballeros de la orden del Iris Dádiva, aquella que su abuelo, el Monarca Haredón había fundado a partir de las desordenadas huestes del proimperio Dádiva, con la intención de librarlo bajo el estandarte de la unidad de las continuas disputas fraticidas e incursiones macabras de los Plasiegos, esperaban..
Los cuatro curtidos guerreros aguardaban al pié de la enorme escalinata del Trono, postrados e indecisos ante la nueva señora del Reino más poderoso, y como poderosos expectantes, vacilaron ante su menuda juventud y frágil apariencia.





Algunos de los nobles más inquietos y ambiciosos ya habían movido influencias entre los poderosos monjes del Sagrado Iris y los caballeros más influyentes, la unidad se resquebrajaba frente a la posibilidad de un trono débil e influenciable...



Pero las enseñanzas de aquel padre noble y abandonado eran realmente su única y más poderosa  herencia.
 Sola se hallaba, mas sola con ellas...

La Reina niña había conocido la verdad en un solo vuelo rasante de sus ojos empapados sobre las acorazadas cabezas de los poderosos y sus poderosas plantas, y sobre aquella enorme estancia expectante... 



 Dentro de su inabarcable amor y su negra culpa, de su inabarcable culpa y su negro amor, sabía algo que su padre le había mostrado: El roce de una hembra humana ungida en deseo es arma mortífera para el varón de la raza plasiega. Si su ángel es Astúico, en este instante Astúico muere por su victoria y por su amor. Sólo era cuestión de tiempo...



La guerra era entonces otra, la guerra no era visible para los ojos de los guerreros, la guerra estaba en su alma niña y en sus ropas y en sus confusos recuerdos. La paz residía pues en el corazón oculto y vulnerable del enemigo entregado, del enemigo vencido en medio del ataque, en el cofre abandonado, en el aroma a sangre y a muerte, en el alto cielo de promesa a mirada clara y a manos tiernas.. Reside el secreto de esta guerra en el corazón del asesino herido por las dulces armas del blanco aire.

Con colaboración de Mikel Beltrán
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