Noche de ánimas...

Esse Imaginaria


La luna era llena aquella noche, las dos niñas habían salido presurosas de la casa hacia aquel lugar oscuro y apartado tras sus impensables e impensados planes de  inmadura juventud y tardía niñez 



Júlia había oído muchas cosas a cerca de los oscuros rituales de su abuela invocando almas perdidas, manejando magia negra.. y María se  embriagaba de imágenes imaginadas, alimentadas por aquellas historias que brotaban a borbotones de su mente inquieta.



 Las dos niñas, presas del vértigo que producían las secretas historias de las viejas, habían espiado las extrañas maniobras de Carmen sin que lo supiera... Mujer seria y severa, señora inaccesible por dentro y por fuera que era conocida en el barrio como Carmen la Funesta... viuda por dos veces, había sido hermosa en su juventud y conocida de multitud de hombres ilustres de la ciudad a quienes tras robar el alma y destrozar sus vidas había desechado sin remordimientos ni herencias. 



Se decía que Carmen escogía a sus hombres de entre la más alta nobleza para robarles fortuna, prestigio y por último, vida...Aunque de ellos jamás le quedó provecho, sino acaso, el oscuro recuerdo de sus almas presas. Aún ahora, a sus incontados años, Carmen se conducía con porte aristocrático, elegancia y una serena y semiescondida belleza tras de sus arrugas blancas como velos de seda nueva.




Por alguna extraña razón que alimentaba aún más su leyenda, todas sus posesiones se reducían a una casa en el barrio viejo de la ciudad más vieja, que le dejó su segundo marido, un tratante de arte y poeta. Arrendaba algunas habitaciones para pagarse el sustento, aunque sólo los extranjeros desconocedores de su fama se atrevían a dormir en ella.



Julia era hija del único fruto de su vientre, Rafael Cruz vástago de un soldado amante de la Funesta que jamás tuvo noticias de su existencia y del que nadie supo nada cierto, sólo historias y más historias, leyendas, habladurías de brujas en las sombras...de mujeres vacías que adornaron los rumores con sus propias fantasías, convirtiendo a la vieja señora caduca en leyenda viva y mujer muerta.


La niña crecía con su abuela, rodeada de silencios interminables, manilas, encajes tupidos y labrados bordados... calados y algún que otro zurcido que su abuela le mandó aprender a hacer en el taller de la maestra de corte más afamada y con mejor estilo de la ciudad. Allí conoció a su amiga del alma, la dulce María que la acompañaba desde entonces en todos sus juegos, en sus secretos de niña y sus misterios de pequeña dama...Las dos habían desgranado una y otra vez la intrincada historia de su abuela, la mujer oscura que peinaba sus trenzas cada día y la arropaba cada noche con aquel gesto triste y severo y aquellas blancas manos bellas.
En las noches en que la luna hacía un grueso redondel sobre el tapiz azul oscuro del firmamento más extraño, las niñas, como por casualidad la vez primera y por curiosidad y morbo la segunda habían visto como Carmen salía de la casa vestida con su traje de terciopelo gris marengo, atravesaba las callejas más extraviadas refugiada entre las miméticas sombras de la ciudad, en medio del frío que hiela...hasta que asustadas, volvieron a la casa justo en el punto donde se pierden los niños o regresan.



Pero esperaron otra noche de luna llena, excitadas y hambrientas, asustadas y acosadas por una curiosidad fiera, esa noche siguieron sus pasos extraños acuciadas por sus pocos años y la intriga ciega... Siguieron a aquella extraña y hermética figura hasta las afueras de la ciudad, entre los árboles de la ribera, donde el arrullo del gran río se convertía en amenaza, hasta un inesperado claro donde había una losa de piedra que la Funesta limpiaba con sus manos, tras librarlas de los guantes de seda ajada y vieja.
Pasaban los segundos, las horas.. la figura arrodillada ante la losa de piedra no se movía, ellas a penas respiraban...El río aullaba, la noche entonaba su canto, la luna se deslizaba a través del cielo sin hacer ruido, callando...






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