La Casa Cruz I

Esse Imaginaria



 Las tarimas polvorientas del suelo color caoba, crujían, se quejaban rotas, raídas y añorantes de las pisadas perdidas para siempre de sus habitantes,  recordaban las carreras de los niños y la cadencia rítmica de la madre y el abuelo...en vano.

El ama se había ido al mercado del brazo del cochero, ese hombre tan enjuto y serio, que paseaba de vez en cuando una mueca que le hacía parecer el reflejo de un mal sueño...Manos sucias, sombrero pequeño y ropas zurcidas por cien mil recovecos. Ella, el ama, era una mujer robusta y macabra, respiraba hondo a cada momento, como si una enfermedad de los pulmones la obligara, pero creo que sólo era su ansia de poseer todo bajo control, hasta el aire libre que baja del cielo..

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Cuando yo era feliz, estaban mis hermanos pequeños, estaba mi madre, estaba el abuelo, el olor a regaliz y a arroz con leche, las manos prendidas, las risas y los juegos..Ahora solo está el inmenso agujero de la casa y las sombras discordantes del ama Berta y el cochero Manuel, seres silenciosos y extraños que se mueven con ritmos incomprensibles, que cuchichean y me hablan rara vez y rara vez me entienden.

Sé que aquellos pasos perdidos de mi familia  recordada no volverán. El incendio calcinó sus huesos aquel día en que la pequeña Marta dejó caer en el fragor de sus locos juegos de ángel  el candil del cobertizo sobre la paja seca. Madre corrió a sacarla, Pedro el mozo de la caballeriza, María la cocinera, el abuelo...incluso el pequeño Samuel..Todos entraron en aquel infierno para ayudar a mi pequeña hermanita y el techo les sepultó en puras llamas asesinas y lentas.
Fue un accidente, una desgracia sin remedio...

Toda la comarca no habló de otra cosa durante un buen tiempo, la casa grande, la Casa Cruz y sus habitantes habían ardido... Y ya se callaron la voces y se secaron mis lágrimas pero mi esperado y siempre ausente padre aún no regresaba. 
Recuerdo aquel día terrible. Yo volvía del pueblo caminando tranquila la vereda del Puerto Viana y dejé ir al cochero para pasear. La distancia es corta y el paisaje un sueño.Los olores a pino y romero, el lago de Espiel a la izquierda plagado de patos escandalosos, los árboles a ambos lados igual que vigías susurrantes, los pájaros libres como almas mansas, el viento cálido que anuncia vida sobre la cara...Estaba feliz y sólo pensaba en si habría dado las convenientes directrices a Carmen la costurera que me hacía mi vestido largo de primavera. Ya tenía doce años y mi querida madre deseaba que lidiara con mis cosas por mi misma para llegar a ser en el futuro la señora de la casa Ruiz Cruz. 

En primavera sería la celebración anual en la Casa. Todos los vecinos estaban invitados con la única premisa de ir ataviados de verde, el color del viejo  estandarte de la familia. También asistirían las familias amigas que vendrían de la ciudad. Nadie lo sabía pero esta había de ser mi fiesta porque, después de pensarlo mucho tiempo, mi madre me había dado permiso para asistir como lo hace una señorita adulta. Sería esta mi iniciación, conocería a mis posibles pretendientes, algunos ya invitados de la familia...

Mi madre era una mujer de cierta fortuna y linaje que había heredado de sus padres, y era además una persona sensata hasta el punto de saber desafiar al mundo para, en contra de las costumbres establecidas, casarse por amor con mi padre, un aventurero que la hizo muy feliz durante un tiempo. Ella vivía la realidad de una mujer destinada a representar su papel de dama, esposa y madre y abrió sus manos mansas para darme un regalo poco frecuente: la libertad para escoger al pretendiente que yo deseara, noble, rico o sencillo jornalero, porque ella, más que nadie sabía que ni la nobleza ni la hidalguía reportaban felicidad..

 La Casa Cruz, como la llaman en los alrededores, había sido construida por mi bisabuelo que había recibido tierras y privilegios en pago por su noble servicio a España, siendo heredada por la familia Cruz junto a su convulso legado. 

 Cuando cruzaba el puente Robles sobre el arroyo vi la columna de humo y temí lo peor..Tomé mis faldas que repentinamente me parecieron engorrosas y corrí hasta que me dolía el estómago y después corrí, mucho, mucho más...

 Cuando llegué el ama y el cochero miraban el inmenso fuego del cobertizo con las miradas y los brazos cruzados...Algunos campesinos, el señor Gómez y Enriques, el molinero, se apresuraban junto con otros muchos que habían acudido alertados desde los alrededores para ayudar con cubos de agua. Las criadas Mariam y Raquel lloraban desconsoladas y los mezquinos curiosos curioseaban...Los perros ladraban desorientados y el aire era irrespirable.

-¿Y mi madre, ama?...¿Y mi madre..?-Les grité..
Se quedaron mirándome y mirándose entre ellos, ama y cochero, como  sorprendidos...Los segundos parecieron vidas...Entonces el ama me tomó del brazo rápida y enérgica..
-¡Ve dentro María!, ¡Ha habido un accidente!
-¡Y mis hermanos? ¿Y Marta y Samuel...? ¿Dónde están?¡ No pueden estar ahí ama..! ¡No están ahí, dime, por favor...! ¡Y el abuelo..! ¿Dónde están..?
-¡Ve dentro te digo, María. Ha habido un accidente y están todos ahí, todos están muertos!
Menos mal que tu estás bien, ve dentro, vamos..
-Yo no quería moverme, y no estaba bien y si estaban dentro había que sacarlos ¿No? Y forcejeaba entre tirones de brazos y falsos consuelos... No, no era verdad, no estaba pasando aquello...Debí volver a marcharme y regresar de nuevo !Debí volver el tiempo atrás...!

Sólo recuerdo que acabé a empujones en mi cuarto encerrada con llave mientras veía por la ventana cómo el paso de las horas, cómo el transcurso del tiempo convertía el cobertizo y mi vida toda en un montón de cenizas y el aire entero en un nauseabundo elixir de muerte irrespirable.

Al menos un par de meses más tarde del incendio mi padre debió recibir una misiva con la horrible noticia. Estoy segura de que debió ponerse en camino de inmediato como lo estoy de aquel recuerdo que atesoro a sonrisa ancha y manos abiertas, pero la travesía desde Las Indias es larga y peligrosa. Sólo ansío su llegada para salir de esta casa cansada y vieja. Tengo miedo y me siento encerrada, sola y muy, muy culpable...


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Seguro que si yo hubiese estado en casa aquel día y no mirando pájaros y soñando pretendientes y futuras alegrías de niña remilgada hubiese evitado que la pequeña Marta dejase caer ese desafortunado candil...Siempre cuidaba de ella, mientras mi madre hacía sus hermosos bordados..Era mi responsabilidad, mi muñeca querida y tierna...

Y ahora quiero que mi padre me libere de esta pena que me ahoga..Pero ya casi no recuerdo sus facciones, yo era aún demasiado pequeña para retenerlas cuando él partió hacia las Américas. Sólo retengo su sonrisa ancha, su alegría y sus manos siempre prestas al juego y la caricia...

Según he oído al abuelo, mi padre es un valiente soldado de su Majestad tal como lo fue el abuelo un día en su juventud. Hizo algunos negocios en las Indias que le llevaron a amasar su propia fortuna, la misma que perdió en juegos y apuestas...
Pero su llegada se demora y el ama me ha prohibido tomar clases y salir de la casa porque, según ella no es cristiano que la señorita Cruz ande retozando montes y jugando con la chavalería del pueblo...
Así que debo crecer aquí encerrada, sin sol para preservar  mi blanca piel, y bordando miles de pétalos de flores muertas, sola...

Mi natural desobediencia no podía tolerar este encierro y aún menos mi ama mis constantes insolencias, por eso una mañana descubrí mis estancias cerradas con siete llaves y las hermosas vistas de mis ventanales desaparecieron tras los altos muros de un nuevo patio mandado construir por mi ama Berta.

  Y ahora me hallo en esta parte de la casa encerrada, escuchando el lamento de las lamas caoba del suelo solitario de esta monstruosa casa abandonada por casi todos sus dueños. Ecos sobre ecos y sobre más ecos aullando día y noche en cada rincón de esta casa ahora tan oscura y secreta... Y la sombra del ama lame las paredes y los pasillos muertos en un deambular extraño con su entremirar oscuro y siempre imperativo, Sólo me habla para recordarme mis obligaciones y mi trágica irresponsabilidad en el día del incendio...

La biblioteca de la casa estaba muy cerca de mis habitaciones aunque fuera de mi alcance ahora.  Siempre fue un lugar mágico para mi..Sus tantos libros viejos y polvorientos me llamaban, yo sabía leer muy bien y mi abuelo Miguel me mostró el gusto por la aventura vivida a través del papel impreso. Pero el ama dice que es indecente que una señorita ocupe sus horas en aventuras de desconocidos y descabezados personajes. 

No me queda ya nada y sólo debo bordar miles de dechados amarillentos, tocar el insistente piano bajo el enorme retrato del señor de Cruz, mi bisabuelo, sin más compañía que la de mis pesadillas y mis pocos sueños... Y dormir, dormir miles y miles de horas entre las paredes de la casa para convertirme en una señorita respetable y blanca que lleve con honor el nombre de la familia Ruiz Cruz.

Pasaron los meses y padre no llegaba. Pasó la primavera ocultando sus trinos tras las piedras del patio que me tapiaba la mirada, y nunca vi a nadie más que al ama, su voz y su estampa ajena y macabra. Pasaron tantos anocheceres que a solas yo pensaba que el pueblo entero, la costurera, el molinero, el mozo, las criadas..y hasta los perros de la casa debían pensar que también había muerto la señorita desdichada. 


Y ahora el ama Berta era quien regentaba la Casa.

 La sala era oscura y al fondo del pasillo se movían las sombras al son de las brasas color púrpura. Era libre la oscuridad en aquel lugar y entre tanto la luz reinaba fuera encerrada sin saber de mi existencia sobre la cárcel de los cielos azul y las flores frescas. Pero la luz del día ya no se resignaba más a su encierro en mi ausencia y la luz de la brillante vida se escapaba en mi busca entre los recovecos de las cerradas ventanas y las tapiadas puertas... 


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