El gorrión

El prado de Proserpina


Como la marea la vida va y viene, y va y viene a mi ser, como la marea y su reina la sonrisa me visita y la sonrisa me deja, como la cadencia de tus pestañas y la de esa música lejana muy lejana que nunca me deja...

 Tal como el irregular brillo sobre las plumas de un gorrión que vuela indeciso al sol de la mañana, la alegría me inunda, la paz me llama, la añoranza me reclama y la tristeza exige poderosa su sitio en esta plaza.


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 Altas son mis murallas,
 como altas son mis penas 
mis piernas,
  y alta la mirada... 

Decrece el horizonte 
a cada latido de tu corazón
 lejano y de plata que me devuelve el eco misericordioso de esta montaña...

Gano y pierdo esta batalla, 
pierdes y ganas... 
A veces sonrío y me engaño 
a veces sonrío y me sincero 
frente al viento salvaje, 
frente al enemigo enano
 de corazón mecánico 
y de hierro.

Nunca lloro, 
la batalla no está acabada,
 mi rodilla no toca el suelo
 y loca se levanta mi mirada.


Y si hoy estoy vencida, mañana estaré sobre una loma lejana, mirando al mundo desde lejos, muy lejos, viéndome muy lejos de la gente ahogada, bebiendo a largos sorbos las nubes del cielo...

Y subiré ahora a mi montaña
 lejana, sureña, de rocas blancas,
 escarpadas y bellas. 

Subiré para no bajar más,
para respirar muy hondo
 y mis pulmones luego vaciar, 
contemplando enamorada el vuelo débil 
e indefinido de algún gorrión, 
de alguna hoja caída,
 de algún lucero...

 Y así podré yo misma 
y el mundo podrá gozar, 
viéndose al fin vacío 
de mi presencia.



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