La soledad II

El prado de Proserpina


Andurreaba por los estrechos pasillos
 de este laberinto sin apenas conciencia
 de mi persona, del tiempo, del espacio... 

Caminaba sin poder notar el viento en la cara, 
con las alas cruzadas a la espalda, 
desentendidas de su oficio,
 olvidadas...
 Cuando de improviso y sin anunciarse
 la soledad acercarse quiso
 para estar conmigo,
estrecha ventana al alma. 


Jaroslaw Datta

Bendita maldición, 
maldita bendición la de conocerte, amiga cobijada, porque tú siempre miras a los ojos y jamás entornas los párpados frente a las vacilantes miradas...

Bendita soledad,
 tú que hablas profundas verdades
 descarnadas y aterciopeladas, 
 y que me haces sangrar lágrimas, 
hondas y dulces balsas... 
Maldita seas,
 cuando vienes a verme en la noche muda,
 bendita, si es oscura y larga... 
Viniste a mirar insistente
 en lo profundo de mis ojos cerrados, 
abiertos, callados y desterrados... 
Viniste a templar mis fríos
 y llegaste a refrescar mi alma. 
Tú que conoces bien 
el camino que me conduce al sigilo, 
más perdida me hallo si buscarte quiero,
 abrazada a ti, si te olvido.
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