La luna primera del undécimo ciclo

El prado de Proserpina



Ya viene la luna...
 ya se precipita atravesando sin piedad 
la faz del cielo.

 Y la noche se cerró sobre el universo,
 como cascada de silencio 
plagado de resplandores misteriosos
 que no hacen cautivos. 

Cavadini



Vino la luna, ya vino, 
tiñendo de profundidades 
los olores del vino...
 y cubriendo con su pañuelo azucena
 la cara del mundo.

Bajando la escalera del firmamento, vino...
 aparecióse pausada y esbelta, 
la esférica condena, 
atando torres cual trigo
 a su tristeza.

Día primero del undécimo trayecto del último ciclo, 
ya baja la luna su mirada ahuecada sobre todo lo habido.

Y tiemblan las flores dormidas,
 y sueñan desastres las palomas suicidas, 
y baja la luna la balaustrada del cielo
 la noche misma de los extintos.

Y ya se fue el ocaso anunciante 
que espantado no quiso asistir al undécimo giro 
del aquelarre de los olvidos.

Se abren las tierras, 
se cierran los cielos 
y vomitan los gritos
que ahogados se quejan
 bajo el puente viejo
 de los abismos.

Desconfianza

El prado de Proserpina






Ella confía plenamente en su desconfianza, nunca la ha engañado... porque le muestra gentil los insondables movimientos de la maleza que se arrastra húmeda, sinuosa y amenazante alrededor de su sombra bella. 

Nada ni nadie podría sustituir su sobrenatural evocación, nada la burla, ni la más mínima sensación o presencia... 

Jaroslaw Datta



Erase pues una mujer esclava de su confiable desconfianza, insaciable inquisidora capaz de metamorfosear el paisaje y los sucesos en pos de su propia presencia, capaz de deshacer el mundo y volver a levantarlo luz a luz, sombra sobre sombra bella, en forma y tamaño tales que justificar consigan el demonio de su existencia.

El anhelo

El prado de Proserpina





Tranquila, sola y serena respiro...
No hay prisas, 
no existen ni nunca han existido.

El orbe permanece ausente,
los cielos siguen tersos, 
el pasado ya se ha ido.



Jaroslaw Datta



Esperas y espero 
Somos esperanza en carne y en mente,
ansiamos el día primero tras el postrero,
 que es el único horizonte
 en el paisaje del mundo; 
la única pasarela en este crucero
que atraviesa el mar profundo.

Tranquila, no hay prisas
y nunca las hubo...

Fueron fuegos de artificio 
que quemaron mis pupilas
 engañándome y distrayéndome de lo oscuro... 
del alma que respira, 
de mi verdadero anhelo,
 del aliento tuyo. 

La soledad II

El prado de Proserpina


Andurreaba por los estrechos pasillos
 de este laberinto sin apenas conciencia
 de mi persona, del tiempo, del espacio... 

Caminaba sin poder notar el viento en la cara, 
con las alas cruzadas a la espalda, 
desentendidas de su oficio,
 olvidadas...
 Cuando de improviso y sin anunciarse
 la soledad acercarse quiso
 para estar conmigo,
estrecha ventana al alma. 


Jaroslaw Datta

Bendita maldición, 
maldita bendición la de conocerte, amiga cobijada, porque tú siempre miras a los ojos y jamás entornas los párpados frente a las vacilantes miradas...

Bendita soledad,
 tú que hablas profundas verdades
 descarnadas y aterciopeladas, 
 y que me haces sangrar lágrimas, 
hondas y dulces balsas... 
Maldita seas,
 cuando vienes a verme en la noche muda,
 bendita, si es oscura y larga... 
Viniste a mirar insistente
 en lo profundo de mis ojos cerrados, 
abiertos, callados y desterrados... 
Viniste a templar mis fríos
 y llegaste a refrescar mi alma. 
Tú que conoces bien 
el camino que me conduce al sigilo, 
más perdida me hallo si buscarte quiero,
 abrazada a ti, si te olvido.

La noche

El prado de Proserpina



Por encima de los tejados
 hablan las campanas,
 al caer la noche, 
al despertarse del alma...


Jaroslaw Datta



Y trepo a las nubes y a los sueños trepo, 
sobrevuelando las palabras vanas,
y junto a la luna yo misma canto,
 recogidita en sus faldas.

La noche se acerca cautelosa
 pintando el cielo de malva, 
se insinúa la menguante corona, 
la fatiga suspira cercana.

Y  en ese momento es cuando
 cierro los ojos y abro mis alas,
 sobre los puentes y la corriente
 tranquila e impetuosa del río, 
junto a las torres sin nombre
 y las bautizadas campanas...

La noche se cierra,
 los campanarios descansan,
de hora en hora callan,
 y de hora en hora rezan
 sus letanías cifradas.

Rasante y veloz como bruja
 atravieso la campiña cuadriculada,
 regreso al olivo, a la muralla, 
a mi acomodo menguante y nácar.

Y cuando el sol lance sobre los horizontes mansos sus primeros rayos violeta, bajaré de un salto lento y sin piruetas sobre mi cama estrecha y blanca, e interrumpido el nocturno revoloteo, caminaré pesada sobre las cuentas del rosario de lo prohibido, hasta que la noche me llame desde su escondite alto y abierto, a la vista de tu olvido.