Cualquier sueño

El prado de Proserpina



No me digas que dé la espalda al cariño,
y no me pidas que no te bese...
No esquives mis miradas
 como si mis miradas cautivas
 cautivar tus besos pudiesen. 

Behanze?¿

El aire hielas con tus requiebros,
 pero enderezar tú no puedes
 las sinuosas curvas de un "te quiero"

Húndete pues en la desesperanza
y déjate caer en mi destierro, 
que jamás volver podrás al día día
 ni a la lisa realidad del crudo invierno.

De tus manos y de mis manos 
si tu quieres podrá nacer un hueco; 
tu casa y mi nido,
 tu cálida cueva y mi cárcel de olvido
 donde olvidar querrás el mundo entero.

No temas, 
y reclina tu cabeza sobre un verso,
 olvida del mundanal ruido la prisa
 y entretén con tus caricias 
las caricias de cualquier sueño.  


Esmeraldas rotas

El prado de Proserpina



Tantas cosas bonitas
 yendo y viniendo por las pasarelas 
de los ojos de la gente...
Tantos dedos enamorados 
tapando la luz de la ventana,
 tantas melodías calladitas entre dos
 ocultando el alegre rumor 
de arroyos y arroyos de mieles...

 Tantos amaneceres anaranjados,
 tantos atardeceres en la sangre
 de los propios ángeles inyectados...

 Y caricias de sinceros y altos amores
se ven, o del cálido y alto cariño
 de las entregadas madres inspirados...

Wood Nymph



También hay en el mundo
 suspiros verdes de esperanzadas esmeraldas,
campos verdes y floridos 
que de intangibles versos son vergeles;
 incluso una vez yo vi bordado
 el cielo de los llantos emocionados
 de la insoportable hermosura arropados,
trazando el mundo de blancas estelas 
como vainicas de claros nardos...

 Mas, al mismo tiempo 
y en el mismo universo,
 la sangre del justo
 arranca a sorbos de odio el soberbio diablo
 de la furia obtusa e inquieta. 
La vieja y descosida ira deambula loca y sin causa
 derramando ríos de sesgadas esmeraldas
que se quiebran y se quiebran en diez mil pedazos, 
decorando el orbe de ponzoña
 y sombras verdes y desesperanzadas,
 que los altos enanos asfixian 
en el despreciable cofre de Pandora,
 bien cerrado...

 Presos quedan ya por siempre
 todos los justos llantos
 de los muertos en vida 
y de los santos violados...

Y tantas cosas bonitas
 yendo y viniendo por las pasarelas 
de los ojos de la gente...
tantos amores, tantas esperanzas, 
tantas nubes de versos enamorados
 de muertos en vida 
y de santos violados...

El gorrión

Por la baranda del cielo...

Te alejas y me alejo... 
y entre los dos, 
como alfombra se extiende,
 el vacío oscuro y solo del universo...

Te vas y subes y bajas,
 enredando las nubes pasajeras, 
dibujando con la caricia de tu sombra
 los recodos de mi alma, 
arrinconando mis miedos...

Marcos Beccari



Hermosa es tu presencia,
 hermosa es tu ausencia...
 mi amigo, mi diablo, mi ángel, 
mi ave rapaz o quizá gorrión
 de dorada miel y acero. 
Alma mansa que todo lo arrasa, 
y que engaña a la vista atenta 
y hasta al propio entendimiento.

Como aire te trasmutas
 y me trasmutas en lo más alto 
y me convences al mismo tiempo,
 para ser el amante rescoldo
 de tu hundido averno.

Vayan y vengan por siempre pues
 sobre mi sombra las caricias
 de tus pensamientos,
 y vengan y vayan tus besos al aire,
 y despeinen las espinas de las rosas
 color de sangre...
 y de los corceles negros 
sus ecos sean por la eternidad
 tus amorosos versos
 cuando por mi los entregues 
al vertiginoso aire...


Cancioncilla

Por la baranda del cielo...


Cuando yo estoy serena,
cuando yo estoy serena,
 hay una canción en mi alma, sí, sí
hay una canción en mi alma...


Irakly Nadar



 Y cuando la calma se espanta,
 de entre mis dedos de arena, 
deja su deje la nana, sí, sí
deja su deje la nana... 

Y si el cielo se hace oscuro,
 la cancioncilla insistente, 
de puntillas viene a verme, sí, sí, 
de puntillas viene a verme...

Lleva el compás de la luna,
lleva el compás de la luna 
 sobre nubes y altas ramas, sí, sí...
sobre nubes y altas ramas.

Y sobre el reflejo más nuevo
 cuando se mira en la fuente, sí, sí,
cuando se mira en la fuente.

Y al amanecer, trino limpio 
 sobre los olivos verdes, sí, sí...

Y si lloro, y si río,
 y si amo, y si peno,
 es la canción de mi madre
la que me besa la frente, sí, sí...
la que me besa en la frente.



Imaginación

Por la baranda del cielo


Y es la imaginación 
el más bello ornamento, 
y el sol, la luna y tu sonrisa,
 tan sólo me parecen unos burdos instrumentos; 
porque cuando el vuelo del alma misma
 sobre las torres y la luna rima,
 nada nublar consigue 
tan alto y profundo portento. 

¿Qué haber podrá 
tras de los límites de lo posible
 sino lo que hoy mismo es imposible 
por futuro imperfecto?


Cabalga, niño de aire sobre las nubes tersas de cualquier sueño inalcanzable, cabalga lento, al paso y al galope, sobre el corcel negro oscuro de tu horizonte...
Tesoro repartido por igual, riqueza del alma y el intelecto, regalo de los dioses más perfectos que faculta al rico y a pobre da visa, para fabricar una luna nueva que colgar del vacío cielo, cada día sin beso y cada noche sin derroche.
La suerte, la tierra, las monedas... nada puede nada, no tienen precio, si no te abrazas fuerte, mi niño, al gratuito intelecto de imaginar los sabores dulces de la vida cuando todo sea yerto.

Donde viven los sueños

Por la baranda del cielo


Tímidamente me asomo al aire libre que huele a viento,
que huele a viento...
 y te desdibujas y me desdibujo 
en el cálido abrazo del sol intenso.

 Al sur del sur me miras, 
al sur del sur te siento...

Las lomas se arrullan en el monte, 
tus besos delimitan mi cielo. 

 Al sur del sur estás tú, vida,
 allí viven mis sueños.


© Glen Preece


Tímidamente te asomas al aire libre que huele a viento,
y me dibujo y me desdibujo en tus pensamientos,
 delimito mis bordes en el lienzo de tus esperanzas, 
que es de aire, y que el mismo aire diluye en la calma
 y el silencio...

Por momentos nazco y quiero, 
por momentos soy y no soy, 
disolviendo mi propia imagen 
sobre la imagen que me devuelve el café
que sabe a azúcar y huele a verso.

Y mira cómo las onduladas lomas
 se arrullan allá en el monte eterno, 
con sus tonos que al atardecer
son tan cálidos y tiernos...

Y mira cómo son tus besos 
los que delimitan mi cielo, 
y es porque al sur del sur
 está la vida, mi amor...
aquí viven los sueños.

Presentaciones de "El prado de Proserpina"

El prado de Proserpina









PRESENTACIÓN DE
 "EL PRADO DE PROSERPINA"




Bueno, estaba muy indecisa pero al fin, el viernes pasado (23/6), la increíble Matilde Díaz y yo presentamos "El prado de Proserpina" en el maravilloso y aun más "embrujado" que de costumbre Cortijo de Miraflores de Marbella.

Foto: LV Mon Producciones

Esta ha sido una presentación distinta y maravillosa donde me he sentido arropada, querida, valorada,  apreciada y casi abrumada por un montón de atenciones que no podía haber imaginado. 

¡Ha sido un gran día, de eso no cabe la menor duda!




Los días previos hubo que hacer varias entrevistas en radio y televisión de las que dejo muestra bajo este post, además de haber tenido mucho estrés por las ocupaciones extras que suelen surgir cuando menos se las espera; pero ese día me di cuenta de la cantidad y la calidad de amigos que tengo y de la cantidad y calidad de amigos del arte que quisieron colaborar promocionando y engrandeciendo este acto de la forma más generosa y desinteresada.

Gracias a la incombustible Matilde Díaz, integrante del grupo de escritores "Territorio de escritores",  que siempre ha presentado mis publicaciones, y además, gracias a Mari Paz, que casi sin conocerme arrimó el hombro por causa ajena y puso en marcha sus contactos en Marbella. Gracias a Miguel Rodriguez, LV Mon Producciones, mi querida Rina y tantos otros que hicieron posible que la magia de la noche de San juan se adelantase unas horas para conseguirnos una mágica tarde de San Juan...





La estupenda escritora de cuentos infantiles tales como "La estrellita viajera" Josefina Arias González, recitó magistralmente varios de los poemas de "El prado de Proserpina". Ardo en deseos de conocer más y mejor su obra, después de haber comprobado en persona, la dulzura, inteligencia y generosidad de una mujer que sólo escribe para fines benéficos.




Mati sigue creciendo tras varias presentaciones y su control a los mandos del evento fue impresionante. Se encargó de decorar, presentar y departir con la misma tranquilidad que si estuviera tomando el café de la mañana con sus hijas.



Miguel Rodriguez (Miguelón) fue unos de los impulsores de la maquinaria de promoción y también recitó varios poemas























María José García Ripoll me obsequió con su libro de cuentos dedicado: "Zapatos Rotos", lectura que me tiene entusiasmada estas ultimas noches.
¡Gracias, María José! Ojalá un día yo pueda ser tan grande como tú...






A Alberto Colonna por su estupendo prólogo, a Mirta y demás amigos ausentes y presentes, pintores, poetas-escritores, mecenas y cámara...



¡GRACIAS A TODOS!


Para comprar el libro, pincha la imagen



Y aquí os dejo algunas de las entrevistas previas de las que pude conseguir copia:





















El viento

El prado de Proserpina


Tengo las manos atadas, 
no puedo volar...
lo intento y lo intento
mas no consigo soñar; 
y es que mis alas trabadas
 las anudó el viento,
bandido viejo que borda
 caminos nuevos
 al pasar...

Agnieszka Lorek


Y un velo negro color noche cerrada, dice adiós al día y me envuelve solícito en la penumbra del que ya no pretende nada; de quien ni aún desea levantar sus ojos del suelo...

No sé vivir,
 ya no sé vivir sin la mirada ilusionada de tus pupilas
No sé reinar,
no sé llorar...
 porque olvido que te tengo que olvidar
y perdura en mi pensamiento atascada
 aquella lágrima que de tus ojos raptó el viento
 al pasar.


El vaivén

Por la baranda del cielo...



Si, la vida es u vaivén, 
dulce y amargo corcel
 que al cielo me sube 
de un brinco, y que del cielo
 mismo me que deja caer.

Slava Groshev

Amarga y dulce hiel,
que de luna menguante es la cuna
 o de crecida y redonda, carrusel...

Payaso que no necesita niños es,
 y barca endeble que el viento no ansía,
 que ni remo ni vela precisa
 para los mares del limbo beber.

Mas sí que una risa chica encienda
la vela que en cielo luce
 apagada y fría cada amanecer.

Los ojos verdes del destino

El prado de Proserpina





¿Y qué si hoy hablasen 
las legiones de enmudecidos?
 ¿Si sus voces atronasen ahora
 de los santos hipócritas los oídos?
 ¿Si sus lágrimas inundasen
 nuestros campos de verde trigo,
 y nuestras copas se colmasen
 de dolor cautivo...?

Stefan Gesell

¿Si de repente y sin saber cómo,
 fuesen sus manos hoy
las que condujesen el sino, 
y ahora fuesen sus selladas voluntades
 las que adorase el destino?

¿Qué sucedería si sus igualdades trabadas
 por la soga ciega de la justicia 
se irguiesen sobre reyes, y poderosos, 
y sobre cada piedra del camino...?

¿Sería el mundo por fin un lugar justo?
¿Quizá ya al fin, por hacer justicia
 la injusticia de disolviera...?
 ¿O acaso la ira de la venganza 
viniera airada a ocupar su sitio?

¿Y es que no habrá en el mundo
 una generosa gota de conciencia 
que endulce el recorrido,
  capaz de enjugar los ojos ciegos
 de este errante destino?

Árboles verdes, 
verdes trinos,
esperanza endeble
y camino...


Andalucía

Por la baranda del cielo




Hay un horizonte amarillo y violeta, azul...
 blanco y rojo y...
Hay un horizonte que 
besa el agua allá a lo lejos, 
sobre el mar recién nacido del sur...

Está el horizonte mutando instante a instante sus colores para que no se los roben ni se los copien los iris sorprendidos de los ángeles. Está el horizonte lamiendo el agua de la mañana, bebiendo una a una las olas apaciguadas que se dejan mansas sorber por las luces del amanecer andaluz, cuando regresa justito a la hora del alba...

Las sombras se despejan y los sueños melancólicos del poeta se hicieron versos perfumados de nácar y alma nueva. Y los besos del cielo sobre la boca del agua entreabierta, se hicieron versos blancos que manaron como brotes del recuerdo de la noche negra y del agua clara. 
El agua marina reverbera y se deja...


Noveland Sayson

Blancos y negros se hicieron saltos imposibles
 sobre los aromas del despertar de la flores yermas
 y los negros y los blancos se hicieron ferias...

Andalucía se despierta sobre las piedras y los hombres esforzados, 
sobre las mujeres que son madres,
 y los hijos que se desperezan...

Andalucía es la bruja que transmuta sus hondos dolores en versos irisados que disfruta y que tensa, ella rasga la cuerda de las almas y baila de los lamentos más profundos sus promesas...

Andalucía es la niña chica 
que cada mañana nace,
 y que nace a cada momento,
llorando su cíclico nacimiento
con lágrimas ya usadas,
 sobre su cuna vieja.

Feria de alba blanca 
eres mi niña, 
y fiesta de flores eres,
 mi cielo...
 a tumba abierta.

Por la baranda del cielo

Por la baranda del cielo




Saleru


Recuerdo que la noche anterior mi madre me había llevado a verlo o como siempre, más bien, habíamos estado allí para ayudar a mi abuela. El abuelo estaba moribundo, desde mi pequeñez podía verlo. Aquella vez me llamó a su lado. El cuarto era pequeño y oscuro, no había más luz que la que entraba por la puerta entreabierta. Extendió su mano temblorosa y enorme hacia mí y yo le ofrecí la mía. Olía raro. Aquellas manos suyas eran como mapas de un país fantástico y desconocido, enormes y abrazadoras y abrazando la mía me dijo forzando un tono natural y poco convincente hasta para mi corto entendimiento: “ya estás preparada para tocar donde quieras”. Y yo le creí porque su palabra era ley.
El abuelo había estado enseñándome a tocar la bandurria. Su figura, su persona y su presencia habían sido para mí el non plus, la perfección, el honor, la sabiduría del que contiene una enorme fuerza; el mimo, el cariño y la predilección. Según sabía, él además de otro de los fugitivos perseguidos de la guerra que acabaron injustamente encerados en campos de concentración, y había sido un virtuoso de la guitarra, la bandurria y el laúd entre otras muchas cosas importantes...Yo sólo era la insignificante, torpe y enfermiza nieta más pequeña, y me adoraba entre todos los demás, y pasaba largos ratos confiando, sólo a mí, sus historias y sus tesoros escondidos… su arte. Al estar junto a él me hacía sentir el privilegio de una atención que negaba a otros. 
Al día siguiente nos llegó a casa bien temprano la noticia de su muerte. Mi madre gimió por sólo un momento. Se lo había llevado furtiva la noche como a tantos otros moribundos sin más esperanza que el descanso del dolor y el olvido. Papá la abrazó suave pero sostenido durante largo rato, así como abraza la cálida tarde a la mañana fría. 
La casa de la abuela, sola la noche pasada, estaba ahora llena de gente. Mi madre iba de un lado a otro ajetreada con los preparativos del entierro y un pañuelo que usaba a cada momento. Mi abuela, a su zaga... Parecía un día de fiesta sin sonrisas y sin lágrimas.
La cama que ocupaba hacía sólo unas horas estaba desnuda, vacía y sola. Le busqué, quería verlo, pero su enorme y grave existencia de dos metros y tres centímetros, cabeza roja, manos grandes y ojos azules, ya no inundaría nunca más aquella misteriosa casa junto a la muralla árabe de la calle Postrera…

Postrera…Cuando recuerdo ese momento tras tantos años, ya inmersa en el desconcierto del conocimiento y la reflexiva madurez, me parece todo tan premonitorio…

Sólo era una niña y aquellos apenas ocho años no comprendían demasiado bien qué había sido de sus manos abrazadoras y su mirada fría y buena de dolorido gigante azul.
Las lágrimas no manaron y entonces supe que por muy larga y oscura que fuera mi vida, jamás llegarían a hacerlo. Necesitaba verlo de nuevo, pero en mi inocencia creí que la muerte no hace prisioneros.

En la iglesia, mi abuela María no estaba bien.

_Llevaosla a casa_ dijo mi madre a mi hermana. Las dos buscamos cautelosa y dulcemente las manos de mi pobre abuela y la condujimos fuera del templo, como si de una vasija de cristal agrietado se tratase. La cigüeña nos miraba desde su nido no demasiado alto sin importarle nada más allá de sus idolatrados huevos. 
La abuela no dijo nada y se dejó hacer, estaba ausente.
Al llegar a la puerta de aquella casa llena de recuerdos aún calientes, mi hermana que era tres años mayor y llevaba las riendas también en aquellos momentos, pidió a la abuela que sacara la llave, pero ella no la llevaba encima… y con un chirriante tono despreocupado y desenfadado, llamó con la mano abierta: _ ¡Luis, abre que ya estamos aquí…!
Mi hermana y yo nos miramos mientras nuestros cerebros paralelos, disparejos y distantes hacían conjeturas en silencio.

Su mente se había estancado, el sufrimiento y el pasado habían inundado su presente. Ahora puedo verlo, entonces apenas vi nada y sólo pude mirarla insistente sin comprender dónde se había quedado su ser… ¿Acaso ella, quien tanto lo había amado, había tomado la decisión de acompañarle en su último viaje dejando entre nosotros tan sólo la cáscara vacía de un cuerpo demente…? 

Me esforcé por hacerla regresar, le expliqué lo que había pasado una y otra vez casi al ritmo interminable del péndulo del reloj de pared que nos miraba como ahorcado. Sus manos eran finas y blancas su piel suave a pesar de los muchos años, su presencia, silenciosa y dulce. Mi hermana esperaba que me cansara y nos observaba con los brazos cruzados y una pierna adelantada sobre la otra.
 Sabía que era inútil, pero siempre fue fría.

Ella, la abuela María, la hermosa y aristocrática señorita de buena familia, había abandonado su fortuna, su herencia, su familia; vendido sus joyas, soportado las vejaciones y sufrimientos propios de la esposa de un fugitivo perseguido con incansable saña y ahínco durante años por el ejército nacional, y al fin preso… Ella, que lo amaba por encima de sí misma y del resto de la creación, había hilado quien sabe qué oscura tela de araña para comprar la libertar de su esposo al cabo de aquellos inacabables años de sufrimiento y cautiverio… Fue excepcionalmente liberado años después del final de la guerra, perdida ya la juventud y las fuerzas tras toda una vida robada a mano armada. Ella lo amó toda su vida con ese amor grande, sincero y como luego supe, nunca correspondido.

Tocar la bandurria me inspiraba… Sabía que él me abrazaba con sus enormes manos blancas cuando lo hacía, y que ese cielo del que hablaba el catecismo, tenía, como decía la canción que me cantaba mi madre cuando me ponía enferma, una baranda para que mi abuelo, asomado a ella, pudiera escucharme y juzgarme, igual que lo hiciera desde su cama, ahogado ya en los estertores de la cirrosis que al fin se lo había llevado.

Al tocar aquellas canciones que él me había enseñado, podía sentir su mirada sobre mis manos inexpertas y podía notar sus leves ademanes de enojo al equivocarme. ¡Otra vez! 

Adopté sus gestos y los hice míos: su nombre, su pasado trasgresor y tortuoso… Adopté para siempre su muerte como pérdida de una parte de mi vida. Hice mío su dolor con el honor y la honra de su mirada altiva.

Y ese fue el día en que supe que la muerte es buena y justa cuando la muerte sabe acabar con el dolor. Aprendí que la buena muerte es parte de la vida buena; la que no la teme, la que perpetúa de amor el amor bueno o malo de los que, al otro lado quizá impacientes, quizá pacientes, asomados a la baranda de un cielo inventado, nos esperan. 
Cada vez que vuelve a mí su nombre y rememoro la estampa de la abuela María, que sufrió secuestrada en vida por el recuerdo de un amor errado, reconozco al fin que la muerte sí que sabe hacer prisioneros.


Mi candil

El prado de Proserpina




Ken Lee





¿Vivir acaso es no vivir? 

¿Acaso es un continuo fingir,
 una farsa que no tiene fin,
 un espejo roto y sin ti? 

¿Qué haces que no estás?

 ¿Qué, que lees esto
 sin codicia de sonrisas ni remordimiento, 
que quemas uno tras otro tus segundos
 en la ridícula llama de este candil?


No tengo muchos años (Antipoesía)

Por la baranda del cielo





No tengo muchos años y no sé del mundo
Hace frío... 
No encuentro a mi padre ni a mis hermanos ni a los que vinieron con nosotros.
Tengo miedo
Estas son otras caras...
Tengo hambre...
Lloro...

Satoki Nagata

Unos hombres que hablan raro me han dado una manta que está mojada
Ayer llegué sentado en el suelo de un autobús
Ayer aun estábamos todos menos mi madre
La perdimos al salir de Damasco. Había tanta guerra...
No los encuentro
Lloro. 
Estoy solo
Tengo miedo
Hay mucha gente que habla y grita y llora...
Hay hombres que llevan armas y empujan
La gente se ayuda y se golpea y se ayuda y se golpea...
Los viejos ya no andan...lloran
Hace mucho frío
Tengo hambre
No tengo muchos años
No me gusta el mundo
Las lágrimas me dan de beber al caer la noche
El barro está frío 








La dehesa

Esse Imaginaria



Córdoba es una mujer de ojos negros
perdida en el tiempo de la historia
arreando un caballo enjaezado y viejo
al piaffe, al trote, bajo la luna
 y sobre la noche encorvado...

Amy Judd

Córdoba es una mujer
 con la piel color de trigo
que tiene los ojos negros
y que que reza intrincadas letanías
 sumergida en la burbuja de los siglos.

 Entreteje primorosa mil jaeces de cuero, 
y parsimoniosa trenza las crines de su jaca blanca
 que sin esfuerzo burla una y otra vez
tras los olivos del sembrado
 al toro negro.

Y el toro, 
el toro coronado de lunas menguantes, 
cada noche brama clamoroso a los cielos durmientes
 buscando a su amada, ebrio de pasión y ebrio
 de amor sincero...

Un día ya noche, 
hace mucho mucho tiempo, 
un joven caminaba la dehesa
 sin espada al cinto y sin miedo. 

Sintióse perdido, 
más no le importase tal suceso, 
porque su bien amada de ojos grandes
 habíale burlado el corazón, 
como al agua clara de la fuente vieja
 acostumbra a burlar el fuego.

Bramó cual salvaje brama su rabia a la luna,
 alzando el brazo amenazante
 como si con él agarrase algún 
inconsistente arma de acero,
 atacando fiero su blancura,
 la cual a su vez con su calma clara
 rasgaba su negra pena 
y violaba su justo llanto.

Rendido pues por su impotencia 
ante tan alto y bello adversario, 
calló el joven al suelo cubierto en lágrimas
 de amor errado...

 Lo vio entonces la luna, 
tan pequeño y hermoso rastrojo encarnado,
 tan derrotado.

 Lo contempló serena como contempla
 en el techo del mundo al orbe la luna llena 
y preguntóse qué mujer de piedra pudo haberlo
 despreciado. 

Acercándose cautelosa a contemplarlo,
 pudo notar que a cada momento
 sus ojos lo vieran más gallardo...

-Joven hidalgo-, Susurró la luna-, detén tu llanto, 
que ver tu rostro hermoso no me dejan las intrusas
 lágrimas que de tus ojos bellos están manando-.

Sorprendido y extrañado
 el joven incrédulo y medio asustado,
 levantó entonces la mirada al cielo raso,
 y allí colgaba tal faz hermosa como el nácar blanco.

-¡La luna!
¡Era pues la luna bella la dulce dama
 que me estaba hablando...!!- 

Limpió presto sus lágrimas
 retregándose la cara con los antebrazos,
 y allí estaban los amantes, hermosos, inocentes, 
mirándose tal que un reflejo del uno en el otro,
 deslumbrados... 
Luna hermosa 
y joven despechado. 

Se miraron, se vieron, se sintieron y se amaron... La luna, nunca antes atreverse quiso a poner su blanco pie en la tierra dura del hombre bravo, más posó sus pies sobre las manos temblorosas y prestas de su joven enamorado, que al punto la viera tan de cerca, al punto olvidase su cruel pasado, y supo en ese justo instante que la luna era en realidad una mujer de ojos negros que en el inmenso firmamento habíase de una pena de amor refugiado. 
Sentados bajo un olivo los amantes se observaron, pasearon entre el ganado bravo, entre las encinas, y sus vidas y amores desdichados se confiaron. Se quisieron dulcemente al cobijo de las sombras prometiendo firmemente ser fieles amantes por los siglos del futuro aun no inventado. 
Cada noche el muchacho, cada noche mirando al cielo tras las nubes rebuscaba la silueta impaciente de su amor, a veces blanco a veces dorado. Y cada noche se veían entre los olivos, luna bella y  fiel hidalgo.

La noche fría

La pasarela del cielo

La casa estaba sola y el rítmico lamento del suelo de madera podrida se escuchaba cada vez más cercano, casi a mi lado,  entreverándose insistente con el bramar del viento. Me tapé los oídos y me acurruqué en lo hondo de aquellas sábanas que olían a polvo y años. De repente, un silencio atronador ahogó por completo el silbar del viento y el crujir de tablas en un pozo de negro miedo que hizo silbar mis oídos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y multitud de imágenes truculentas se barajaron sin orden en mi cerebro enfebrecido, diluyéndose al fin en la irrevocable certeza de que no estaba solo. 



En efecto, de nuevo el gemir de aquellas maderas, cada vez más nítido y cercano se revelaba cíclico y pausado tal que el caminar sereno de algún extraño de fatales intenciones acercándose a la puerta; la misma pesada puerta que estúpidamente había dejado abierta al acostarme. 
Retiré bruscamente las sábanas de mi cabeza escrutando excitado la semioscuridad de aquella pomposa estancia victoriana...
 ¡Nunca pensé verme en estas! Quien se aproximaba a la puerta bien podría ser cualquiera de los que me propusieron este absurdo juego justo la tarde anterior en la taberna del pueblo; deseaba con todas mis fuerzas que fuese uno de ellos que viniese pretendiendo hacerme perder la apuesta al descubrirme asustado y de paso,  reírse un poco de mi. No tendría nada de extraño tras aquella  estúpida noche de alcohol y ridículas apuestas. Sí, deseaba que aquellos pasos que habían sembrado en mi este irracional miedo perteneciesen al fin a uno de ellos, o a los dos compinchados,  que se acercasen aguantando a duras penas sus risas burlonas. 

Sí, porque sólo soy ese extranjero que había cometido el error de pavonearse de despreciar sus costumbres de pueblerinos.
Hacía sólo unas cuantas horas que me encontraba de paso hacia la ciudad de Colonia donde me esperaba un nuevo jefe de ventas. Pensé hacer el viaje de una sola vez, pero me encontré un atasco por culpa de la nevada de la noche anterior a la altura de Dortmund y, desesperado por la lentitud de la caravana no tuve más remedio que parar justo antes de la anochecida a la altura de Winterberg, un pintoresco pueblecito de montaña que aparecía a mitad de camino de mi destino, enterrado en nieve casi hasta los dinteles de las ventanas. Eran más de las cuatro y el hambre y el cansancio apretaban como lobos aulladores desde mis tripas, así que dejé mi coche a las puertas de una pequeña taberna que olía a calor humano y comida caliente. Allí me dejé caer de mala manera en una de las sillas cansado de hacer kilómetros, y pedí la carta.
Los precios estaban bien, la comida, prometía... Encendí un cigarrillo mientras esperaba mirando por la ventana más cercana. Caía la noche y me vinieron a la mente las palabras de ira que Juliane me dedicara hace dos días, cuando descubrió que de nuevo me había gastado casi todo mi sueldo en las apuestas... Un trago de saliva amarga me hizo encoger los hombros, pensé que había perdido para siempre su respeto ya que hacía tiempo que mi mala cabeza había matado su amor. Sus palabras retumbaban insistentes entre mis sienes y la espera de mi plato se estaba haciendo demasiado desagradable. 
En la mesa contigua había dos hombres algo rudos que tenían aspecto de asalariados del campo o quizá de la pequeña estación de esquí que había visto a la entrada del pueblo. Mientras les observaba intentando establecer su estatus, ellos se me quedaron mirando fijo y sin disimulo, así como se mira en los pueblos pequeños a los extranjeros. No se me ocurrió otra cosa que convidarlos a una cerveza mientras me traían las dos chuletas de venado con patatas que me había pedido ya hacía un rato. No sé porqué se me ocurrió hacer semejante estupidez, puede que pensara que resultaría entretenido pasar el resto del día en compañía de gente sencilla y agradable, o simplemente, no lo pensé.
 Les expliqué que estaba de paso y buscaba un hostal limpio y barato donde pasar la noche, ellos me hablaron de varios hostales que había próximos a la taberna que no tenían nada de baratos, ya que estábamos en plena temporada de esquí. También me contaron que trabajaban para una pequeña fábrica de electrónica entre Winterberg y Chuchil, y no en la estación de esquí como yo había pensado en un principio, puesto que ya llevaba años a media marcha por la bajada del turismo. 
La cerveza corrió más de la cuenta, el ambiente era distendido y agradable, la charla de los dos hombres era amena y sin saber de qué manera, esta desembocó en la leyenda local del "Caserón azul" y sus emparedados vivos... 
Cuanto más relataban Jungen y Karl sus historias de tremendos crímenes y de gente emparedada en lugares de cuento chino, más corría el alcohol, mis comentarios burlones y las risas de todos. Al fin,  Karl, el que parecía algo más serio, comentó que si de verdad no me creía nada podía ahorrarme el pico del hostal y pasar la noche gratis colándome en el Caserón azul...Yo, claro está, como no tenía ganas de gastar ni de parecer un cobarde de ciudad, acepté desafiante y divertido por la situación, aunque en el fondo no me hacía ninguna ilusión pasar la noche en una construcción vacía y abandonada...
Salimos ya cerrada la noche, tambaleándonos y al volver la esquina, Jungen señaló la cercana colina diciendo con voz tomada por el alcohol y la risa:
 _Mira Adler, vamos en mi coche que esta noche duermes acompañado. Ese de ahí arriba es el Caserón azul, el de los emparedados-, y acto seguido soltó una risotada que Karl y yo secundamos, he de confesar que ellos bastante más divertidos que yo...
Todos reímos abiertamente y subimos a la destartalada furgoneta de Jungen.  En algo más de diez minutos paró el vehículo frente a una altísima verja de hierro que estaba entreabierta y a través de la que se imaginaba un camino colmado de nieve. A unos cincuenta o cien metros estaba el  enorme y antiquísimo caserón recortando sus tejados cargados de nieve sobre el cielo púrpura de la próxima tormenta. Conforme me acercaba reconocía sus cornisas que se veían vencidas por el peso de los años, así como un visible derrumbe en el ala izquierda. 
-Mira, Adler, -dijo Jungen inclinándose para poder hablar entre risas y burlas-  tú entras, siempre está abierto porque no hay miedo de que nadie se acerque por ahí para ser emparedado con los demás muertos-  Todos reíamos...
-Bueno, es que hace frío, vamos a dejar esto y mejor me lleváis a un hostal que sea baratito y tenga calefacción- acerté a decir...
-¡De eso nada, ahora no te rajes, cobarde!- chillaba Jungen mientras me empujaba por la puerta de la casa-  Venga, que ahí está todo como lo dejó la familia, hay de todo: ropa en las camas, en los armarios y hasta comida podrida en las alacenas- rió de nuevo levantando los brazos y la voz entre carcajadas 
-Mañana vendremos al amanecer antes de entrar a la fábrica y si has cumplido, ya te has ahorrado el hostal y te ganas un buen desayuno con todos los extras...
-El vino y las insistencias de los dos pueblerinos con ganas de quedar por encima de uno de la ciudad con sus patrañas de viejas me acabaron de convencer.
-Venga, aquí estaré mañana al amanecer y espero ver cómo os tragáis los dos vuestras historias de fantasmas y asesinos emparedadores- dije riendo entre dientes y colándome entre las dos enormes puertas cargadas de cadenas desatadas e inservibles. 

El sudor frío recorría todo mi cuerpo, me había dejado llevar por un terror absurdo y los ruidos que recorrían la casa eran cada vez más fuertes y cercanos distinguiéndose entre el viento y los crujidos de tablas un débil pero claro gemir que a la fuerza intenté que me pareciera humano, aunque en el fondo recordaba al de cientos de almas en pena gritando de dolor y espanto desde los mismos avernos. Sentía un fuerte dolor en el pecho y cada vez me costaba más respirar. Me di cuenta de que debía salir de aquella situación absurda y me convencí de que todo aquello no era más que fruto del alcohol, la resaca y puede que del mismo remordimiento. Decidí salir corriendo de aquella cama de pesadilla pero al abrir los ojos que mantenía instintivamente cerrados, no vi nada. Tampoco conseguí incorporarme a causa de algo duro que delante mismo de mi cara, me lo impedía. Lo palpé en todas direcciones con las manos al tiempo que abría los ojos más y más por ver lo que pasaba. Su tacto era frío como el de una piedra y el dolor de mi pecho aumentaba proporcionalmente a mi miedo, haciendo de mis pulmones pequeñas balsas de aire viciado; sudaba y hacía mucho frío. Traté, tembloroso y sin cesar, de encontrar un hueco para poder salir de aquel horrible lecho; lo intentaba, pero no lo encontraba...¡ No existía!! Los llantos sobrenaturales, el rumor y el viento se escuchaban cada vez más cerca; casi soplaban su inmenso dolor en mis oídos, y mis propias quejas y mis propios llantos se mezclaron con los de ellos, por los siglos de los siglos.