El nido

El prado de Proserpina



Un corazón dividido 
impulsa hoy mi sangre,
ora torrente circundante,
o negra laguna de olvido.


Sobre la lontananza va
mi dulce fruto ya huido,
mas ni nos separa el vil ruido
ni su recuerdo partirá.

Ciudades ni mares borrar podrán
de esta gema su talla de amor,
recuerdo, sombra, aroma ni rumor
pirograbados en fragua impar

Partieron lejos los hijos
mas se fundió su eco al hablar
sobre mis sienes que volar 
supieron sobre acertijos. 

Adiós a la marcha y su a mito.
Adiós, al adiós sin más,
que los amores viajar no pueden
lejos del cálido nido,
y que si ciertos fueren no alcanzan
 alejarse jamás.

Perros aulladores

El prado de Proserpina



Me engañó la luz de la luna llena,
 pareciérame tan cierta y tan bella... 
 la luna redonda se me simuló
 buena...

Mas mintió la luna, pues no era más cosa que el reflejo de mi deseo, el eco de algún invento, la imagen maquillada de cualquier alta novela.


Stefan Gesell

La luna llena me mintió todo este tiempo, pues nada hay tras de su esbeltez redonda y secreta, artificio vacío y brillante, capricho de los dioses cuando sin más quehacer por los hombres, tal que seres divinos y desocupados, la bordaron primorosos sobre el poderoso tapiz cielo... pareciéndose en este particular entretenimiento a un cónclave disciplinado de insumisos dioses bellos. 
Así fue que fueron ellos quienes pulieron su nacarado brillo tal como se artificia la figura y se escribe la leyenda que ha de acompañar a una princesa mora, a esa que mora pegadita a mi amado puente de los veinte siglos.
Y magnética fue su presencia desde el primer momento hasta el último suspiro, susurrando inacabales versos y oscuros cuentos; invenciones todas de locos borrachos, de perros aulladores, de mujeres de parto y poetas banales; quienes llegado el día del saber, prefieren mirar el mundo del revés antes que descubrirse engañados.
Y de esta manera es que los dementes gustan de mirar empecinados su figura reflejada en la brillantez de los charcos, ya enamorados por siempre de su hermosa falsedad y embriagados de los aromas nocturnos, propios de la cohorte de tan fingida dama. Allá ellos se lamentan subidos sobre la barita de su embrujo, como si fueran funámbulos sin red que ya nunca podrán dormir en paz la negra noche del mundo. 

Conciliación

El prado de Proserpina


Hoy me levanté insumisa,
 y como la voz del mudo, 
grito por mi paz,
 atizada por el hierro de avivar
 y alumbrada por la ira.


Stefan Gesell

Y es que las mudas voces del mundo nunca oírse pueden, ahogadas bajo el descomunal peso de la justa injusticia, desterradas de sus camas y repudiadas de sus casas, buceando ahora los indignos arrabales tras las murallas de la vida. 

 Y es que son los vivos
 sin derecho a la vida,
 los que respiran sin permiso...
 ánimas que se esconden
 bajo las losas del mundo 
por no ser vistas ni oídas.

Por eso hoy mi voz es suya y clama por la injusticia que desde la comodidad de mi hogar no sienten mis huesos ni mi boca respira.

Hablen pues los mudos y cuenten cómo se les despojara del modesto vestido del derecho a la vida, sin más razones ni rezos, sin más piedad que la de los fríos dineros, que alimentan la beligerante fragua de la ira. 

Ahora, bajo el nivel de la fosa que se vieron obligados a cavar por las noches y a escondidas, lloran silenciosos los lamentos de las ánimas, y aunque vivos aun aguardan el fin de tal desigualdad, que tendrá lugar en el instante en que quienes les repudian
 y ellos mismos, sean reducidos
 a las conciliadoras y homogéneas 
cenizas.