Los ojos verdes del destino

El prado de Proserpina





¿Y qué si hoy hablasen 
las legiones de enmudecidos?
 ¿Si sus voces atronasen ahora
 de los santos hipócritas los oídos?
 ¿Si sus lágrimas inundasen
 nuestros campos de verde trigo,
 y nuestras copas se colmasen
 de dolor cautivo...?

Stefan Gesell

¿Si de repente y sin saber cómo,
 fuesen sus manos hoy
las que condujesen el sino, 
y ahora fuesen sus selladas voluntades
 las que adorase el destino?

¿Qué sucedería si sus igualdades trabadas
 por la soga ciega de la justicia 
se irguiesen sobre reyes, y poderosos, 
y sobre cada piedra del camino...?

¿Sería el mundo por fin un lugar justo?
¿Quizá ya al fin, por hacer justicia
 la injusticia de disolviera...?
 ¿O acaso la ira de la venganza 
viniera airada a ocupar su sitio?

¿Y es que no habrá en el mundo
 una generosa gota de conciencia 
que endulce el recorrido,
  capaz de enjugar los ojos ciegos
 de este errante destino?

Árboles verdes, 
verdes trinos,
esperanza endeble
y camino...


Andalucía

Por la baranda del cielo




Hay un horizonte amarillo y violeta, azul...
 blanco y rojo y...
Hay un horizonte que 
besa el agua allá a lo lejos, 
sobre el mar recién nacido del sur...

Está el horizonte mutando instante a instante sus colores para que no se los roben ni se los copien los iris sorprendidos de los ángeles. Está el horizonte lamiendo el agua de la mañana, bebiendo una a una las olas apaciguadas que se dejan mansas sorber por las luces del amanecer andaluz, cuando regresa justito a la hora del alba...

Las sombras se despejan y los sueños melancólicos del poeta se hicieron versos perfumados de nácar y alma nueva. Y los besos del cielo sobre la boca del agua entreabierta, se hicieron versos blancos que manaron como brotes del recuerdo de la noche negra y del agua clara. 
El agua marina reverbera y se deja...


Noveland Sayson

Blancos y negros se hicieron saltos imposibles
 sobre los aromas del despertar de la flores yermas
 y los negros y los blancos se hicieron ferias...

Andalucía se despierta sobre las piedras y los hombres esforzados, 
sobre las mujeres que son madres,
 y los hijos que se desperezan...

Andalucía es la bruja que transmuta sus hondos dolores en versos irisados que disfruta y que tensa, ella rasga la cuerda de las almas y baila de los lamentos más profundos sus promesas...

Andalucía es la niña chica 
que cada mañana nace,
 y que nace a cada momento,
llorando su cíclico nacimiento
con lágrimas ya usadas,
 sobre su cuna vieja.

Feria de alba blanca 
eres mi niña, 
y fiesta de flores eres,
 mi cielo...
 a tumba abierta.

Por la baranda del cielo

Por la baranda del cielo




Saleru


Recuerdo que la noche anterior mi madre me había llevado a verlo o como siempre, más bien, habíamos estado allí para ayudar a mi abuela. El abuelo estaba moribundo, desde mi pequeñez podía verlo. Aquella vez me llamó a su lado. El cuarto era pequeño y oscuro, no había más luz que la que entraba por la puerta entreabierta. Extendió su mano temblorosa y enorme hacia mí y yo le ofrecí la mía. Olía raro. Aquellas manos suyas eran como mapas de un país fantástico y desconocido, enormes y abrazadoras y abrazando la mía me dijo forzando un tono natural y poco convincente hasta para mi corto entendimiento: “ya estás preparada para tocar donde quieras”. Y yo le creí porque su palabra era ley.
El abuelo había estado enseñándome a tocar la bandurria. Su figura, su persona y su presencia habían sido para mí el non plus, la perfección, el honor, la sabiduría del que contiene una enorme fuerza; el mimo, el cariño y la predilección. Según sabía, él además de otro de los fugitivos perseguidos de la guerra que acabaron injustamente encerados en campos de concentración, y había sido un virtuoso de la guitarra, la bandurria y el laúd entre otras muchas cosas importantes...Yo sólo era la insignificante, torpe y enfermiza nieta más pequeña, y me adoraba entre todos los demás, y pasaba largos ratos confiando, sólo a mí, sus historias y sus tesoros escondidos… su arte. Al estar junto a él me hacía sentir el privilegio de una atención que negaba a otros. 
Al día siguiente nos llegó a casa bien temprano la noticia de su muerte. Mi madre gimió por sólo un momento. Se lo había llevado furtiva la noche como a tantos otros moribundos sin más esperanza que el descanso del dolor y el olvido. Papá la abrazó suave pero sostenido durante largo rato, así como abraza la cálida tarde a la mañana fría. 
La casa de la abuela, sola la noche pasada, estaba ahora llena de gente. Mi madre iba de un lado a otro ajetreada con los preparativos del entierro y un pañuelo que usaba a cada momento. Mi abuela, a su zaga... Parecía un día de fiesta sin sonrisas y sin lágrimas.
La cama que ocupaba hacía sólo unas horas estaba desnuda, vacía y sola. Le busqué, quería verlo, pero su enorme y grave existencia de dos metros y tres centímetros, cabeza roja, manos grandes y ojos azules, ya no inundaría nunca más aquella misteriosa casa junto a la muralla árabe de la calle Postrera…

Postrera…Cuando recuerdo ese momento tras tantos años, ya inmersa en el desconcierto del conocimiento y la reflexiva madurez, me parece todo tan premonitorio…

Sólo era una niña y aquellos apenas ocho años no comprendían demasiado bien qué había sido de sus manos abrazadoras y su mirada fría y buena de dolorido gigante azul.
Las lágrimas no manaron y entonces supe que por muy larga y oscura que fuera mi vida, jamás llegarían a hacerlo. Necesitaba verlo de nuevo, pero en mi inocencia creí que la muerte no hace prisioneros.

En la iglesia, mi abuela María no estaba bien.

_Llevaosla a casa_ dijo mi madre a mi hermana. Las dos buscamos cautelosa y dulcemente las manos de mi pobre abuela y la condujimos fuera del templo, como si de una vasija de cristal agrietado se tratase. La cigüeña nos miraba desde su nido no demasiado alto sin importarle nada más allá de sus idolatrados huevos. 
La abuela no dijo nada y se dejó hacer, estaba ausente.
Al llegar a la puerta de aquella casa llena de recuerdos aún calientes, mi hermana que era tres años mayor y llevaba las riendas también en aquellos momentos, pidió a la abuela que sacara la llave, pero ella no la llevaba encima… y con un chirriante tono despreocupado y desenfadado, llamó con la mano abierta: _ ¡Luis, abre que ya estamos aquí…!
Mi hermana y yo nos miramos mientras nuestros cerebros paralelos, disparejos y distantes hacían conjeturas en silencio.

Su mente se había estancado, el sufrimiento y el pasado habían inundado su presente. Ahora puedo verlo, entonces apenas vi nada y sólo pude mirarla insistente sin comprender dónde se había quedado su ser… ¿Acaso ella, quien tanto lo había amado, había tomado la decisión de acompañarle en su último viaje dejando entre nosotros tan sólo la cáscara vacía de un cuerpo demente…? 

Me esforcé por hacerla regresar, le expliqué lo que había pasado una y otra vez casi al ritmo interminable del péndulo del reloj de pared que nos miraba como ahorcado. Sus manos eran finas y blancas su piel suave a pesar de los muchos años, su presencia, silenciosa y dulce. Mi hermana esperaba que me cansara y nos observaba con los brazos cruzados y una pierna adelantada sobre la otra.
 Sabía que era inútil, pero siempre fue fría.

Ella, la abuela María, la hermosa y aristocrática señorita de buena familia, había abandonado su fortuna, su herencia, su familia; vendido sus joyas, soportado las vejaciones y sufrimientos propios de la esposa de un fugitivo perseguido con incansable saña y ahínco durante años por el ejército nacional, y al fin preso… Ella, que lo amaba por encima de sí misma y del resto de la creación, había hilado quien sabe qué oscura tela de araña para comprar la libertar de su esposo al cabo de aquellos inacabables años de sufrimiento y cautiverio… Fue excepcionalmente liberado años después del final de la guerra, perdida ya la juventud y las fuerzas tras toda una vida robada a mano armada. Ella lo amó toda su vida con ese amor grande, sincero y como luego supe, nunca correspondido.

Tocar la bandurria me inspiraba… Sabía que él me abrazaba con sus enormes manos blancas cuando lo hacía, y que ese cielo del que hablaba el catecismo, tenía, como decía la canción que me cantaba mi madre cuando me ponía enferma, una baranda para que mi abuelo, asomado a ella, pudiera escucharme y juzgarme, igual que lo hiciera desde su cama, ahogado ya en los estertores de la cirrosis que al fin se lo había llevado.

Al tocar aquellas canciones que él me había enseñado, podía sentir su mirada sobre mis manos inexpertas y podía notar sus leves ademanes de enojo al equivocarme. ¡Otra vez! 

Adopté sus gestos y los hice míos: su nombre, su pasado trasgresor y tortuoso… Adopté para siempre su muerte como pérdida de una parte de mi vida. Hice mío su dolor con el honor y la honra de su mirada altiva.

Y ese fue el día en que supe que la muerte es buena y justa cuando la muerte sabe acabar con el dolor. Aprendí que la buena muerte es parte de la vida buena; la que no la teme, la que perpetúa de amor el amor bueno o malo de los que, al otro lado quizá impacientes, quizá pacientes, asomados a la baranda de un cielo inventado, nos esperan. 
Cada vez que vuelve a mí su nombre y rememoro la estampa de la abuela María, que sufrió secuestrada en vida por el recuerdo de un amor errado, reconozco al fin que la muerte sí que sabe hacer prisioneros.