La dehesa

Esse Imaginaria



Córdoba es una mujer de ojos negros
perdida en el tiempo de la historia
arreando un caballo enjaezado y viejo
al piaffe, al trote, bajo la luna
 y sobre la noche encorvado...

Amy Judd

Córdoba es una mujer
 con la piel color de trigo
que tiene los ojos negros
y que que reza intrincadas letanías
 sumergida en la burbuja de los siglos.

 Entreteje primorosa mil jaeces de cuero, 
y parsimoniosa trenza las crines de su jaca blanca
 que sin esfuerzo burla una y otra vez
tras los olivos del sembrado
 al toro negro.

Y el toro, 
el toro coronado de lunas menguantes, 
cada noche brama clamoroso a los cielos durmientes
 buscando a su amada, ebrio de pasión y ebrio
 de amor sincero...

Un día ya noche, 
hace mucho mucho tiempo, 
un joven caminaba la dehesa
 sin espada al cinto y sin miedo. 

Sintióse perdido, 
más no le importase tal suceso, 
porque su bien amada de ojos grandes
 habíale burlado el corazón, 
como al agua clara de la fuente vieja
 acostumbra a burlar el fuego.

Bramó cual salvaje brama su rabia a la luna,
 alzando el brazo amenazante
 como si con él agarrase algún 
inconsistente arma de acero,
 atacando fiero su blancura,
 la cual a su vez con su calma clara
 rasgaba su negra pena 
y violaba su justo llanto.

Rendido pues por su impotencia 
ante tan alto y bello adversario, 
calló el joven al suelo cubierto en lágrimas
 de amor errado...

 Lo vio entonces la luna, 
tan pequeño y hermoso rastrojo encarnado,
 tan derrotado.

 Lo contempló serena como contempla
 en el techo del mundo al orbe la luna llena 
y preguntóse qué mujer de piedra pudo haberlo
 despreciado. 

Acercándose cautelosa a contemplarlo,
 pudo notar que a cada momento
 sus ojos lo vieran más gallardo...

-Joven hidalgo-, Susurró la luna-, detén tu llanto, 
que ver tu rostro hermoso no me dejan las intrusas
 lágrimas que de tus ojos bellos están manando-.

Sorprendido y extrañado
 el joven incrédulo y medio asustado,
 levantó entonces la mirada al cielo raso,
 y allí colgaba tal faz hermosa como el nácar blanco.

-¡La luna!
¡Era pues la luna bella la dulce dama
 que me estaba hablando...!!- 

Limpió presto sus lágrimas
 retregándose la cara con los antebrazos,
 y allí estaban los amantes, hermosos, inocentes, 
mirándose tal que un reflejo del uno en el otro,
 deslumbrados... 
Luna hermosa 
y joven despechado. 

Se miraron, se vieron, se sintieron y se amaron... La luna, nunca antes atreverse quiso a poner su blanco pie en la tierra dura del hombre bravo, más posó sus pies sobre las manos temblorosas y prestas de su joven enamorado, que al punto la viera tan de cerca, al punto olvidase su cruel pasado, y supo en ese justo instante que la luna era en realidad una mujer de ojos negros que en el inmenso firmamento habíase de una pena de amor refugiado. 
Sentados bajo un olivo los amantes se observaron, pasearon entre el ganado bravo, entre las encinas, y sus vidas y amores desdichados se confiaron. Se quisieron dulcemente al cobijo de las sombras prometiendo firmemente ser fieles amantes por los siglos del futuro aun no inventado. 
Cada noche el muchacho, cada noche mirando al cielo tras las nubes rebuscaba la silueta impaciente de su amor, a veces blanco a veces dorado. Y cada noche se veían entre los olivos, luna bella y  fiel hidalgo.